sábado, 3 de noviembre de 2012

un viaje a recoleta



Fecha: 11 Noviembre 2010 (pero de un 1887 habían sido ejecutados los obreros anarquistas Fische, Engel, Ling, Parsons y Spies, en Chicago, durante la represión a una huelga)
Lugar: Casa de los colores fulminantes, (Recoleta, Bs. As.)
Bandas: /Antolín / Motoneta/ 107 faunos/

Tus viejos discos de los pixies
/me copan
Motoneta

Estaba en casa tratando de hacer música en el fruti loop. Había visto a otros hacerlo y no parecía tan difícil. Parecía fácil. Parecía que con un par de horas tendría un par de temas bien copantes para colgar en algún bloguote o en una de esas páginas que difunden cosas que nadie difunde. Entonces pensé que quizá tendría sentido, yo también difundir cosas que nadie difunde, en ves de hacerlas que era mucho más difícil, como lo que hacen mis amigos que son unos invisibles sociales, que no es lo mismo que imbéciles sociales, cosa que también son. Entonces me puse a pensar en esas bandas que escuchaba cuando tenía indies a mi lado, o por lo menos aquellos tiempos en los que los indies estaban más amables conmigo (porque no me conocían) que los punkies que sí me conocían. Entonces decidí irme en un viaje de extropección para conocer los muros stenciliados de otras partes. Las otras Lalínes. Escuchar las canciones adolescentes de la nueva era y que inventamos todo el tiempo para sentir que la vida no es tan aburrida, o lo hacemos para decir que la vida es aburrida y que ya no quedan héroes/ ya no se puede soñar. Ese viaje a darjeeling que pude hacer me lo permitió un grupo  de viaje que tiene cometidos sociales/ foro social-congreso-ddhh universitarios. Entonces yo les dije que sí. Que creía y que me interesaba todo ese asunto de los derechos humanos. Que lo de los pobres estaba muy bien. No que existieran pobres. No, eso no, sino que lo de la lucha antipobre. No, tampoco eso. No se me mal entienda. Quería decir que la lucha en contra de que la gente sea pobre estaba más que bien. Eso es. Eso. Contra la desigualdad de los pueblos. Eso. Y los derechos humanos que es lo que importa. Correcto. Y cómo lograrlo.

Pues no sé. Porque yo les dije que sí, pero la realidad fue que no. Que no fui a los talleres de los pobres, sobre los pobres, ni contra los pobres, ni los derechos humanos y todo eso que a todos nos preocupa tanto porque siempre que nos llenamos la boca de solidaridad, quedamos realmente satisfechos. Es decir, pipones. Entonces yo estaba de ayuno de esas cosas. Hace tiempo que no pasaba por uno de esos carritos. Entonces me lo perdí, por faltar a los talleres de conciencia. Lo de cómo lograrlo. Y les mentí a los que me permitieron ir de viaje, y yo, maldito yo, con otros ocultos cometidos, que muy lejos estaban de los derechos humanos y conciencia social y la pobreza, o no tan lejos de la pobreza pero sí de la conciencia.

Entonces estaba allí. En la gran Buenos Aires que se me abría, y se me hubiera abierto aún más con el dinero suficiente. Como todo. Yo caminaba por esas calles y trataba de tomarme todos los subtes posibles porque tenía un objetivo. Ver a Antolín. Lo que sabía era que tocaba en un barrio llamado Recoleta y que era en un centro tipo cultural llamado Casa de los Colores Fulminantes. Que iban a cortar la calle y vender helado, con opción a ponerles salsas de chocolate, frutilla, cereza y menta azul. Se venderían libros independientes de gente independiente de mente pero no tanto así de bolsillo. Todo eso era la descripción del evento en la página los indiespensantes de hoy y de siempre. Se les había pasado poner la dirección, pero bien. Seguramente era gente muy ocupada. Que compondrían canciones todo el tiempo. Y más en esa época en donde la primavera alienta a salir en bicicleta e ir a los parques y componer y componer. con la cantidad de parques que allí hay. Aparte, esta omisión me servía a mí para manejarme en una ciudad fustigada por la inmensidad y la enorme oferta cultural. Entonces me lancé a los subtes en busca de acetatos que me orientaran en mi búsqueda. Cierto es que también iba buscando lugares en donde colocar libros de Danielle Richarldon, un novel autor de Montevideo que se merecía entrar en el mercado under bonaerense. Nuestro Bukowski Bukólico. Esta vez quería cumplir mi objetivo. Ya me había pasado en un viaje anterior, que me encontré pasando de casualidad a las 21.30 hs por la puerta de un teatro independiente en el que acababa de tocar una banda llamada Pop Dylan. El evento  tenía un afiche con un inmenso y simpático oso polar. No me lo pude perdonar. Esta vez no pasaría lo mismo de dejar que me pasara ante los ojos y no hacer nada.

Emprendí marcha hacia los subtes entonces. Con la tranquilidad de que monedas no me faltaban. Era lo que más tenía. Línea A. luego la C. Azul, verde y luego la amarilla. Tardé un par de días en encontrar la conexión de líneas que me dejara en el lugar, según mi paradero, que en ese momento era el barrio Barracas. Un barrio obrero, industrial cerca de un cementerio. Así fue que haciendo la conexión línea A, luego C, y finalemente H, llegué al barrio en cuestión. Ya había conseguido las calles, también fruto de un par de interrogatorios en el parque Saravia, entre la sección de literatura beat y  la de discos de pasta  década de los 80´s. No fue tan difícil después de todo.

Eran las 15.47 de la tarde de un sábado soleado cuando arribo a la calle en cuestión. En ese momento estaba empezando una ronda de poetas que, subidos a una zorra remolque, lanzaban sus sonetos como dagas de celofán. La primera me pareció una chica aburrida aunque muy linda al estilo cat power, luego vino un nerd de bermudas de los cuatro fantásticos, que lo hacía bien. Manejaba un humor ácido en torno a lo perdedor. El tercero fue un descubrimiento para mí. Era un calvo entrado en los treinta, mezcla de Rufo Martínez y Jorge Alfonso. Uno por lo calvo y corpulento, otro por lo calvo y poeta. Este Rufo Alfonso subió al la zorra remolque, sin papeles y (como comprobé más tarde) sin  memoria. Entró en escena con una laptop MAC blanca entreabierta. Y así como así se dispuso a leer de su computadora portátil. Muchos pensamientos pasaron por mi cabeza. El snobismo que se presentaba allí era más del que me esperaba. Antes de empezar este Rufo Alfonso, hizo una serie de comentarios jocosos en relación a su “ocurrencia”, y luego leyó unos poemas de mierda. Así terminaba la sección poesía.

Empezaba la parte de los pianitos y de las guitarras más o menos afinadas, que disfrutaba tanto. Una chica al lado mío me pide que le compre un helado de limón con salsa de menta azul y que a cambio me contaba un súper secreto. A lo que le dije que  no. Que tenía novia y que no jodiera, que tampoco tenía plata y si la tuviera me compraría un vino no un helado, por más calor que hiciera. Ella se puso mal. Tenía una calza con dibujos de animales simpáticos tomando helados de limón con salsa de menta azul y un vestido floreado con el que se secó las lágrimas con brillantina naranja. Lamenté herir sus sentimientos. Se le decoloró la cara y salió rumbo a las luces chillonas. Parecía una mandarina con lentes Ray Ban. En fin. El ambiente era ameno. Todo muy colorido. Una tristeza colorida y melancólica. Me quedé un momento sentado observando el paisaje en un cordón. Habían guirnaldas y globos y muñecos de Mc Gyver y Dana Elcar. Me fui a dar una vuelta y comprar un vino para invitar a la chica mandarina. Quizá si le decía que tenía menta se pusiera mejor.

Cuando vuelvo del almacén con el tetra, me encuentro con que la chica mandarina era la novia de un músico. Tenía una camisa a cuadros y una guitarra a cuestas. Decidí no acercarme demasiado. Empezó con mucha gracia y humildad una banda llamada Motoneta. Mi sistema de asociación libre me indicó: El mató un policía motorizado / Motorama. Empezaron a sonar unos acordes muy simpáticos, xilofones, distorsiones noisie amanzadas y letras que hablaban de tu sombra te aplasta mientras buscas un lugar seguido, de riffs ambientales. De las cosas jodidas no me vibran más. Y así hicieron sus seis o siete temas. Un poco antes de que terminara el toque me llaman de que tengo que ir a un taller que hacen los mismos que me llevaron a Bs. As. No podía faltar. Sino me dejarían  para siempre en este lugar demente. Decidí actuar rápido. Quedaba media caja de vino aún y había tres líneas de subte qué tomar. Con el vino en la mochila me calcé los walkman (que me robé de una hipster) y arranqué para la principal. El asunto transcurrió rápido. Mi objetivo era regresar antes que comenzara Antolín. Iba a perderme 107 faunos, pero no era para tanto. 



Una vez en el taller que duró unos quince minutos porque llegué tarde, me volví. El objetivo estaba cumplido. Esta gente a la que le debía, me había visto la cara. No me podrían dejar. Pedí a la Pocha que me acompañe al toque y a las corridas, a lo que ella accedió luego de que le presentara la caja de vino a medio tomar.  Llegamos sudados y ya entrada la tarde-noche. Antolín estaba sonando, era el tema Días del futuro que me gustaba mucho por ese entonces, ahora no tanto. Veo que el único que había cantando en la zorra remolque era el novio de la chica mandarina. Era él. Sólo pude ver tres temas. Que ninguno sonó tan bien como me esperaba. Mil quinientos kilómetros para esto?  Me sentí un poco decepcionado al principio, es cierto, pero con el tiempo comprendí. Él no siente nada. La próxima voy a ver a loquero.

Esta crónica está inspirada en este Antolín, que lo pude saludar hace un par de días, cuando él iba hacia el club a hacer deporte. Un verdadero capo.